En mi infancia fui víctima de la goma de mascar. El “chicle” era mi compañero permanente desde que me despertaba (cosa me costó desde temprana edad) hasta que me acostaba y entraba en estado de reposo (cosa que nunca me ha costado).
Podía distinguir a ojos cerrados entre los sabores de un chicle “dos en uno” de las texturas y volumenes de los “Adams”. Cuando el “freshen up” llego a mi vida con su centro líquido refrescante, pensé que esta adicción era irremediable y que la industria de la goma de mascar podía manipularme a su entera voluntad.
Este fanatismo tuvo consecuencias negativas. Nunca creí que se me fueran a caer los dientes o que si me lo tragaba se me pegaría en el estomago por siempre. He pensado con cierta inquietud, que quizás los chicles que se pegaban en algún lugar del sistema digestivo fueron la antesala de los actuales “balones gastricos”.
Pero el problema mayor era deshacerse de la sustancia incolora, desarticulada y amorfa que se generaba como consecuencia de mi constante masticada y el bombardeo enzimático correspondiente. Descubrí que a pesar de su desgaste, el chicle no perdía su propiedad adherente. Entonces encontré la solución.
Debo reconocer que el resultado es vergonzoso. Adherí chicles en estado deplorable en pupitres escolares, veladores, sillas, butacas de cine, mesas de comedores y en cuanta superficie propicia encontré en el momento. Perdí la cuenta de los kilos de goma de mascar, que acoplé en diversos rincones del planeta.
Hasta que ocurrió la desgracia que cambiaría mi vida.
En la época en que vivía con mi abuela, llegó de visita un tío que gozaba del privilegio de ser dentista y oficial de carabineros. Dos profesiones que generaban en mi todo tipo de pavor y temor. Para aumentar mi impresión, mi pariente uniformado era gigante y robusto (por lo menos eso era lo que percibía desde mi incipiente estatura). Aquel funesto día lucía un uniforme verde o-paco , pantalón planchado con líneas demarcadas con prolijidad y que terminaban en dos zapatos tan lustrados que encandilaban al mirarlo.
La mala fortuna quiso que se sentara justo en un punto donde residía inerte uno de mis chicles usados y que aún no perdía su propiedad adherente. El tamaño corporal de esta inocente y uniformada víctima confabuló para que el roce de su pierna y la base de la mesa provocara un desplazamiento de la sustancia. El resultado fue horripilante. El chicle se pego en su pantalón, dividiendo irregularmente la línea demarcatoria de la planchada y generando un punto luminoso y amorfo en su uniforme.
Mi vida cambió. La sensación de culpa, junto con la risa incontenible que me tuve que aguantar por meses, me hizo cambiar. Creo que ahí recién entendí esto que los actos personales podrían generar consecuencias negativas en los demás.
El choque emocional, más el control parental y familiar (el caso se hizo conocido ampliamente entre amistades y familiares… afortunadamente sin acceso en esos tiempos a Facebook) modificó mi conducta para siempre. Dejé el chicle por siempre.
Desde ese día, inevitablemente busco huellas de adictos al chicle. Palpo la base de las sillas, reviso antes de sentarme la parte de abajo de las meses y sigo con la mirada a quienes mascan chicle para averiguar como se deshacen del producto.
He descubierto que no estoy solo (o no lo estuve al momento de vivir mi adicción). Aunque la muestra no es necesariamente representativa, en el caso de los auditórium y salas de conferencia el dato que he logrado recopilar es que en tres de cada diez sillas permanecen rastros de haber sido atacada por un consumidor de chicle. En el caso de los restaurantes la cifra se incrementa, cinco de cada diez mesas mantienen rastros de ser víctimas de adhesiones chiclosas no deseadas. Las salas de cine llevan la delantera en este ámbito, por lo menos ocho de cada diez butacas registran huellas de adictos intentando deshacerse de los restos gomosos.
He logrado concluir que no hay mayores diferencias entre estratos sociales y áreas geográficas. No obstante, sospecho que los productos originales en cuanto calidad del sabor y elasticidad, probablemente eran distintos al momento de iniciar su consumo.
Finalmente y en honor a la rigurosidad científica, debo señalar que mi estudio se encuentra aún en la etapa de recolección de datos y que se ha descartado de la muestra los casos de chicles en la via pública. Mantengo fuertes reparos éticos y una profunda distancia ideológica con quienes arrojan sus desechos sin contemplación y sin un destino preciso. Eso es muy diferente al arte de pegarlo inadvertidamente en espacios familiares, profesionales y sociales.





