Me he logrado liberar de mi reloj de pulsera. Estoy emocionado, francamente pensé que nunca lo lograría.
Vamos por parte. A los 12 años recibí mi primer reloj analógico y a cuerda, ciertamente era la mejor tecnología disponible y generó en mi una sensación de orgullo que pocas veces he vuelto a sentir. Ya era grande, podía tener “mi propia hora”.
Pasaron por mi muñeca derecha muchos distintos tipos y tecnologías de horas portátiles. Ciertamente que mi primer reloj de cuarzo (con números rojos) me entregó una herramienta moderna y digital que despertó todo tipo de viajes imaginarios por el espacio y el tiempo. Íntimamente apostaba a que era una moderna versión del cinto espacio temporal de Mampato. Puedo confesar ahora, que a pesar de mis intenciones y fantasías, nunca logré encontrar a Rena (perdonen el viejazo).
Pero llegó un momento, probablemente en los últimos años de mi educación secundaria, que este aparatito pasó a convertirse en un controlador autónomo de mi vida. Me despertaba, me recordaba el paso de cada hora y dada sus nuevas funciones permitía medir con exactitud el tiempo en que me demoraba en correr los cuatrocientos metros planos en educación física. Debo señalar, que en todo caso, el reloj no influyó mayormente en mi decisión de no dedicarme a los deportes.
Mi vida universitaria, algo desordenada en relación a los horarios de inicio de clases que ya no eran fijados por la campana escolar, fue cercanamente sostenida por el reloj.
Como tempranamente me insertaron el dispositivo de la puntualidad (lamento que no haya alcanzado para la mayoría), el reloj marcó también mis primeros años de profesión y apoyo astutamente el inicio y fin de mis compromisos profesionales. Gracias a mi capacidad de programación de alarmas múltiples, en el ámbito social este control se relajaba automáticamente.
Con las posibilidades económicas y las facilidades de la tarjetas de crédito se abrieron nuevas oportunidades. Relojes con agenda, directorio de contactos, calculadoras, información de fecha que no me requerían saber si los meses terminaban en 30 y 31 (dato que de todos modos aún no logro retener), que generaban energía con el movimiento de la mano y que hasta servían de linterna en momentos difíciles de profundo oscurantismo.
Pero con la llegada de los teléfonos móviles inteligentes (o al menos más astutos que los no inteligentes), apareció la oportunidad que desnudaría para siempre mi muñeca derecha.
¿Por qué portar una cadena, pulsera o correa en mi brazo, cuando otro dispositivo con más funciones lo podría solucionar?
Entonces lo decidí y me atreví. Con cierto recelo y temor a lo desconocido, tomé mi última adquisición de medición y control horario y lo guardé en el segundo cajón del velador. El detalle es importante, en el primer cajón suelen estar los objetos de uso frecuente en la noche (prefiero no detallarlos). En el resto del velador, francamente no me atrevería a describir qué es lo que lo habita.
Mejoró la circulación de mi mano, volvió a aparecer algunos incipientes pelos propios de la zona, bajé de peso y disminuyó el riesgo de manejar con la mano afuera (ya no temo parar en los semáforos).
No me interrumpen para preguntarme la hora, no me preocupa ajustarlo cuando cambian el horario y no debo desactivar alarmas con complejas secuencias de presión de botones los fines de semana. Ahora mejoré mi calculo mental realizando apuestas contra mi mismo tratando de calcular qué hora es.
Soy dueño nuevamente de mi muñeca derecha, cuando la miro definitivamente me encuentro conmigo mismo y no con tecnología japonesa de última generación.
He logrado liberarme de una atadura material, que a pesar de simbolizar mi paso desde la niñez a la adolescencia, se había llegado a convertir en una herramienta de auto acoso y presión.
Con este impulso y buenos resultados, he estado revisando de qué otros objetos liberarme. Tengo candidatos, pero creo que lo tomaré con cierta precaución.
Esto de la libertad, debe ser asumido con cuidado y responsabilidad.






Felicitaciones Hugo!!!!!
Sólo me quedé pensando en algo....¿dices que con este cambio bajaste de peso?
¡Puchas el reloj grande!
Claro que si Cathy, pero el tema de "la dieta del reloj" la desarrolaré en otro momento.