Esta es la quinta vez en mi vida profesional que cambio de trabajo. Esta cifra, en un mundo laboral cambiante y dinámico, puede parecer reducida y convencional. Sin embargo, la cultura laboral de mi padre (que trabajó gran parte de su vida en una empresa, la misma en la que había trabajado mi abuelo inmigrante español) esto sería señal de inestabilidad.
Soy de los que creen que el trabajo no es solo un vehículo para “ganar lucas”. Sostengo que el mundo laboral, cuando se dan las condiciones adecuadas, entrega retribuciones personales que ayudan a responderse las frecuentes dudas existenciales, que aparecen en las crisis de los veinte, treinta, cuarenta y más años.
Un buen trabajo tiene que reunir un conjunto de condiciones mínimas, al menos para mi las imprescindibles son: que ofrezca desafíos profesionales relevantes, que cuente con espacios para desarrollar nuevas habilidades, que cuente con un ambiente sano y enriquecedor donde la confianza y honestidad sean lo normal y que sus productos aporten de una u otra forma a los grandes temas de nuestra vida moderna.
Ciertamente, también me importa que el nivel de remuneración económica me permita sostener la calidad de vida que deseo tener. Pero en este ámbito, priorizo que exista un mecanismo eficiente y transparente de incentivos y desarrollo de carrera profesional. Me parece fundamental que lo que gano (medido en el monto que recibo cada mes), este bien ganado y que las oportunidades de incrementar mis ingresos estén asociadas al logro de metas preestablecidas y pertinentes.
¿Cuando un trabajo deja de ser un buen trabajo? Cuando alguna de las condiciones anteriores no se cumplen plenamente y no hay oportunidad razonable de modificar esta situación.
¿Cómo se sabe esto? En mi experiencia, hay dos síntomas claves: se pierde la libertad y se apaga la pasión del día a día. Hacer las cosas porque hay que hacerlas, cumplir los compromisos laborales como una mal menor, realizar tareas que generan sentimientos de incomodidad de forma o de fondo, disociar la personalidad entre el mundo privado y el público, etc. son indicadores de perdida de libertad y pasión laboral.
Entonces es el momento de buscar nuevas alternativas profesionales. En esto, no creo que exista el mal menor. Existe conceder, postergar y finalmente renunciar a la libertad y a la pasión. Esto, definitivamente, no tiene nada de menor, es un mal mayor.
Un nuevo trabajo es siempre una aventura excitante, donde todo puede pasar. Hay que enfrentarse a un nuevo ambiente laboral, reconocer y aprender a convivir con nuevos liderazgos, procedimientos y subculturas. Requiere capacidad para escuchar, aprender y dejarse sorprender. Implica enfrentarse a temores propios y ajenos en nuevos espacios de interacción laboral.
Un nuevo trabajo es un cambio significativo. Pero cuando este es, parte de un ejercicio de libertad personal, se trata de un cambio que busca mantener lo fundamental: la pasión.





Felicidades por tu decisión, éxito y pasión en tu nuevo camino. ¡Te extrañaremos!