Que silencio que se produjo, no recuerdo haber sentido un vacío similar.
Curioso, porque una hora antes, al ingresar al ya desaparecido Cine Las Condes, todos conversábamos animadamente. Es que no estábamos acostumbrados a ver actores ni actrices chilenas en la pantalla grande, y menos si la producción consideraba figuras de nivel mundial.
El momento era histórico para todos. Partía la década de los ochenta y nuestra actriz Valentina Vargas, tenía un papel protagónico en la película que se estrenaría esa noche. Aunque no visitaba Chile desde niña y, la verdad, es que nadie la ubicaba en el país antes de esta ocasión, igual la considerábamos una de las nuestras y por eso, lo más granado de la sociedad capitalina estaba esa noche en el más importante Cine del sector alto de la ciudad.
Sospecho que pocos conocían el libro de Umberto Eco, que le daba nombre y argumento a la película. Probablemente, los que habían leído el texto, anticipaban lo que iba a pasar.
Es que el “Nombre de la Rosa” era más que una novela de género policial que transcurre en una abadía. La trama conlleva una dura crítica a la estructura eclesial y a las conductas aberrantes, que se producen al interior de algunos conventos. Hoy a nadie le extrañaría. Pero a principios de los ochenta y en un momento en que la mayoría prefería no saber lo que ocurría más allá de lo que quería ver, el argumento podría haber sido censurado previa y definitivamente.
Pero ese aspecto de la trama, no era el generador del silencio.
El papel de Valentina Vargas no estaba entre los principales de la película, pero su personaje, era fundamental para entender la trama. Caracterizada, como una de las pordioseras que vivían de lo que les sobraba a los monjes, su cometido era mostrar la inconsistencia entre el mensaje cristiano que profesaban los religiosos y la realidad escandalosa del mundo que rodeaba la Abadía.
Por eso, al momento de encontrarse sorpresivamente al interior del convento con el joven religioso, su reacción no fue otra que seguir sus impulsos. Ahí empezó el silencio que congeló respiraciones en el Cine.
Es que la escena de sexo entre ambos, donde la iniciativa y protagonismo la lleva nuestra querida Valentina, no era lo que estábamos acostumbrado a ver en la pantalla grande. No me refiero al espectacular cuerpo desnudo de nuestra compatriota, ni a los sonidos y gemidos correspondientes que acompañaban la escena. El punto que debe haber generado el silencio profundo e incómodo (me refiero a ese silencio que se logra escuchar) se produjo al ver como el monje (y su hábito), sucumbía fácilmente a los encantos e impulsos eróticos de nuestra coterránea.
Entonces, toda la alcurnia santiaguina del sector oriente de la ciudad, quedo enmudecida. La complicidad de la oscuridad de la sala permitió ocultar los gestos, los rostros sonrojados y los increíbles diámetros que deben haber alcanzado las pupilas de algunos.
Solo se escuchó silencio. Yo diría que hasta el audio de la película fue absorbido por este silencio ensordecedor.
Hasta que desde la platea alta del cine, justo cuando la escena en cuestión concluía y algunos se aprontaban a retirarse indignados del lugar, un chileno desconocido, pero patriota hasta lo profundo de su alma, gritó a todo pulmón: “¡CEACHEIIIIII!”
Y la respuesta fue la obvia. El público al unísono respondió: “CHI” y el grito de aliento nacional y criollo se completó con algarabía total y compartida.
Nadie se retiró del Cine Las Condes. Todos supimos, esa noche, que la mejor forma de vencer nuestra vergüenza y conservadurismo nacional, era riéndonos de nosotros mismos. Total, nadie nos podía quitar ese momento de gloria y bochorno nacional.
¡Viva CHILE!





“¡CEACHEIIIIII!”
Excelente relato,... pero reconoce la autoría de tu “¡CEACHEIIIIII!” en el cine,...
Grande HUGO!!!!