
A principio de la década de los ochenta, un grupo de amigos aún adolescentes y llenos de energía, solíamos aprovecharnos del toque de queda y tomarnos los sábados en la noche para coludirnos en contra del sistema social que nos dominaba.
Parte importante de este hábito consideraba un momento cultural. No faltaba el que traía una muestra de poesía propia, la leía con ímpetu y emoción. Lo siguiente era musicalizar los versos, para lo cual contábamos con guitarras, diferentes instrumentos de percusión, un par de maracas (de esas que suenan al batirlas) y nuestras voces. Ciertamente que nuestras habilidades musicales

